En ocasiones he utilizado extractos de esta entrevista. Nos ofrece una visión más cercana de la arquitecta japonesa. Se realizó con motivo de su exposición en el Musac. Me parecen reveladores los párrafos sobre la comparacion oriente/occidente y su afición al cuidado de su jardín, jeje.
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Reservada, porque así la educaron. De naturaleza impaciente y atrevida y con ese toque de humor casi infantil de los japoneses, a Kazuyo Sejima le cuesta expresar sus ideas, pero frente a las maquetas de su trabajo se ilumina y todo su ser cobra una vida insospechada. Su forma de vestir, botas de estilo militar, abrigo de terciopelo diseño de la vanguardista Rei Kawakubo, refleja la misma originalidad, modernidad y discreción de su arquitectura.
XLSemanal. La naturaleza es una constante en su obra…
Kazuyo Sejima. La naturaleza es esencial en la arquitectura; es su respiración y hay que dejarla entrar por todas partes, hasta por las rendijas de las ventanas. Simplemente con la presencia de un árbol o haciendo pasar la luz de alguna forma. También jugar con el aire es básico. Según la posición del Sol, un lugar puede parecer distinto. Hay que vivir en los edificios el cambio de las estaciones, crear distintas atmósferas en un mismo espacio.
XL. ¿Qué le gustaría destacar de la exposición en el Musac?
K.S. Para esta exposición he traído material muy diverso, maquetas de trabajo y otras de tamaño real en materiales que se utilizan diariamente. Fotos, dibujos y bocetos. Mi deseo es que la entienda y que la disfrute todo el mundo. Que un niño que vea las maquetas piense que puede construirlas, porque son formas de apariencia simple donde la complejidad y la precisión tecnológicas nunca son obvias.
XL. De hecho, su arquitectura transmite calma y serenidad, como una isla en medio de la locura.
K.S. Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser, respondía: «Mi abuela», porque me fascinaba su calma, su serenidad y la felicidad que transmitía. Quería sentarme como ella en una terraza y disfrutar del sol. Esa actitud reposada y sencilla está en mi arquitectura, pero es igual de importante para mí que posea fuerza. No al estilo Frank Gehry, imponiéndose, sino de una forma más sutil y atrevida; más personal. Creando atmósferas llenas de sensaciones intensas. El objetivo de mi arquitectura es proporcionar a cada individuo su espacio autónomo. Mi idea de la belleza está en los detalles que generalmente se pasan por alto, en lo apenas visible; es un poco lo opuesto al canon occidental, cuyo pilar es la belleza monumental.
XL. La luz, señalan muchos arquitectos, es el material más lujoso. ¿Está de acuerdo?
K.S. Me gusta jugar con la luz y las sombras; es un elemento arquitectónico como cualquier otro, pero eso no implica que el objetivo de mi arquitectura sea buscar la luz ni la ligereza. Lo importante para mí es conseguir una gran libertad de movimiento, una comunicación fluida entre interior y exterior. Y a la vez, una fuerte intimidad.
XL. Usted se dio a conocer internacionalmente con el gran edificio que creó para Christian Dior en Tokio.
K.S. Así es, todo cambió entonces. Pero el éxito tardó en llegar. Desde que abrí mi estudio estuve casi diez años sin ganar concursos. Los dueños de Dior me indicaron que querían algo femenino, elegante, íntimo y, a la vez, atrevido y moderno. Creo que son las cualidades de una arquitectura de futuro.
XL. ¿Está usted de acuerdo con los que dicen que la arquitectura actual está influenciada por la moda?
K.S. Soy una apasionada de la moda, porque uno puede expresarse totalmente a través de ella y porque es un campo donde la sensibilidad y los cambios culturales tan rápidos de la sociedad de hoy se reflejan inmediatamente. Por ejemplo, en Japón, ahora, la gente se viste como desea, de una forma muy original y creativa y, sobre todo, muy libre, porque éste es el giro social que está dando el país. Sin embargo, no creo que arquitectura y moda estén conectadas para nada, porque la moda es un fenómeno; rápido y efímero, que requiere ideas nuevas cada temporada, y la arquitectura necesita mucho tiempo para realizarse.
XL. En un mundo de hombres, usted nunca tuvo problemas por ser mujer. Pero decidió formar equipo con otro arquitecto. ¿El diálogo es así más rico? ¿Cree en laintuición femenina?
K.S. Es cierto que nunca me sentí discriminada como mujer. El problema en Japón se habría planteado si hubiera querido ser madre. En el equipo Sanaa no siempre funciona el tópico de lo masculino frente a lo femenino, porque en función de la situación mi compañero puede ser más emocional que yo. Trabajamos en continuo diálogo y si no llegamos a un acuerdo, cambiamos de idea. Lo que sí es cierto es que me guío por la intuición. En todo proyecto, la primera y la última decisión son fruto de mi intuición. La lógica la dejo para el proceso de creación.
XL. Japón es una sociedad muy futurista, pero, a la vez, muy tradicional, sobre todo para las mujeres. ¿Cómo la educaron?
K.S. La generación actual es bastante libre, pero la mía estuvo marcada por el antiguo estilo. Cuando tenía 20 años, recuerdo que mis padres odiaban las actitudes liberales y no soportaban que fumase; sin embargo, eran cosas puntuales, pues crecí en un lugar moderno y así me educaron. Pero el respeto a las formas era muy importante. Saludar con una inclinación, no dándose la mano; no mostrar nunca los sentimientos, ni tampoco la forma de pensar… Siempre que voy a Europa me asombra la facilidad con la que la gente expresa sus ideas, o la importancia que se da a cómo se presentan los trabajos.
XL. Decía que el conflicto de su vida habría sido querer ser madre. En Japón, las mujeres aún dejan de trabajar cuando se casan o, si trabajan, deben firmar contratos comprometiéndose a no tener hijos en años…
K.S. Creo que nuestro sistema social está mal organizado; excepto la madre, no hay quien cuide de los niños. Ésa es la disyuntiva en la actualidad: tener niños o trabajar. Con 20 años el gran dilema que se me planteaba era casarme o no, para así continuar trabajando. En Japón, la gente se identifica con su trabajo; el trabajo es dignidad. Por ello, mis padres siempre me dijeron: será mejor que hagas algo por ti misma. Todavía no me he casado, pero no me importa. Lo que hago es tan interesante y el tiempo pasa tan veloz… Un proyecto se enlaza con otro…
XL. ¿Por qué se decidió por la arquitectura? ¿Influyó su padre, que era ingeniero?
K.S. No, él era muy discreto y no conectábamos mucho porque yo era demasiado moderna. Ahora hablamos más. En Japón, uno debe decidir sus estudios muy pronto porque hay que pasar varios exámenes en función de la carrera y, además, sólo los que tienen excelentes calificaciones pueden estudiar Arquitectura. Me decanté por esta carrera al recordar el impacto que me había producido cuando era una niña la fotografía de una casa inusual en una revista de mi madre; me hizo replantearme el concepto de vivienda y cómo se podían crear construcciones excepcionales que proporcionaran una nueva visión. Aquel shock me hizo reflexionar y pensé que era una señal. Más tarde, ya en la universidad, supe que aquella foto era de un clásico de la arquitectura moderna: el Sky House, de Kiyonori Kitutake, una sola habitación suspendida sobre cuatro pilares.
XL. Su arquitectura, para muchos, es completamente japonesa; otros, en cambio, dicen que se aleja de sus raíces. ¿Qué opina usted?
K.S. Nunca pienso si lo que hago es japonés o no, pero mi socio y yo somos japoneses y es inevitable que gran parte de las antiguas tradiciones estén en nuestra estética. Una de las grandes diferencias con respecto a Occidente es el grosor de los muros, porque mientras en el mundo occidental se utilizaba la piedra, en Japón se empleaba la madera. En mi país, las separaciones son finísimas y casi inexistentes, como en nuestra arquitectura. Para nosotros, como sucede en el concepto de belleza oriental, es muy importante destacar en un edificio el placer de los detalles simples. En eso, cualquier hábito cotidiano influye. Por ejemplo, la forma de comer es mucho más suave en Japón: los pasteles de Occidente tienen un sabor extremadamente dulce, las sopas son muy cremosas, mientras que, en Japón, un caldo es un poco de agua con algo sencillo y la textura es casi transparente. O la ropa, mientras en Japón el quimono, o incluso las colecciones de diseñadores contemporáneos, son creaciones casi rectas para esconder el cuerpo, en Europa se diseña la ropa muy ceñida, dejando ver todas las formas de cuerpo. La tradición japonesa también destaca la importancia de hablar en voz baja, o incluso el uso del silencio, para comunicar cosas importantes. Todo ello se traduce en una estética arquitectónica aparentemente simple y transparente opuesta al ruido tecnológico. Y, sin embargo, utilizamos la tecnología más puntera. Pero no es nunca obvia.
XL. ¿Practica usted alguna de las tradiciones japonesas, como la ceremonia de té, la meditación o el ikebana?
K.S. La mayoría de la gente en el Japón moderno no las practica. En cuanto a mí, mi mayor entretenimiento es el arreglo de flores y plantas. Tengo un jardín muy pequeño, pero me divierte mucho. Eso sí, no podría vivir en un piso 30 metros, aunque algunos amigos lo hagan y, cuando voy a visitarlos, disfrute de una maravillosa vista.
XL. ¿Qué le parece lo más fascinante de la arquitectura hoy?
K.S. Desafiar esa tendencia tan generalizada a construir siempre lo mismo. Huir de los edificios sin espíritu. No soportaría realizar el mismo edificio ni tener siempre la misma experiencia. Repetirme o imponerme sería el fin.
XL. Ver sus obras es como estar ya en el futuro…
K.S. Crecí en un ambiente muy moderno, con casas de un estilo nada tradicional y quizá ese recuerdo esté dentro de mí. Por otra parte, soy consciente de que el trabajo de Sanaa habla a la gente abierta al futuro y de que hoy la prioridad es mirar al futuro. Pero no pienso en términos de futuro. Simplemente espero realizar algo positivo, algo atrevido. Sin duda, vamos hacia un mundo con enfoques arquitectónicamente más libres.
XL. Tokio es, sin duda, un ejemplo de ello.
K.S. Tokio ciertamente es una ciudad muy grande, en la que las leyes urbanísticas son poco estrictas. Ello hace posible muchos experimentos para desarrollar nueva arquitectura. Pero lo que se construye ahora no es bello.
XL. Usted tiene ya obras en muchos países de Europa y en Estados Unidos. ¿Qué es lo que le resulta más duro y más atractivo de trabajar fuera de su país?
K.S. Me resulta muy interesante tratar con otras culturas porque Japón es una isla y no es habitual hacerlo. Europa me parece particularmente interesante, porque se mantienen fuertes diferencias locales y el estilo de vida antiguo propio de cada lugar. Es muy importante que esto perviva así en el futuro. Obviamente, yo llevo mis ideas donde vaya, pero considero esencial el respeto a lo local, a lo que cada zona tiene de especial, porque ese espíritu es lo que me brinda la oportunidad de pensar en algo nuevo y distinto para cada sitio. Por eso, fuera de Japón colaboramos siempre con los arquitectos locales, que nos ayudan a entender su cultura. Sólo desarrollo mis proyectos una vez descubierto el espíritu que lo hace único. Ese diálogo es lo fascinante del mundo en que vivimos: crea un nuevo mundo, pero conserva lo original y específico. Y, lo más difícil para mí es conseguir expresar mis pensamientos con la misma naturalidad que se hace en Europa. Y más aún, en Estados Unidos.
XL. Su proyecto de ampliación del IVAM, de 2002, aún sin realizar, ganó el León de Oro de la Bienal de Venecia. ¿Cómo lo concibió?
K.S. ¡La arquitectura es mucho más complicada que realizar el proyecto! Espero que se acabe algún día. Desde Japón, la idea de Valencia y del Mediterráneo es la de un área muy brillante, con una luz privilegiada. Recuerdo que la primera vez que llegué, aunque era enero, sentí la primavera nada más pisar el aeropuerto. Volví enverano y, a pesar del terrible calor, bajo los árboles me sentía muy cómoda. Decidí meter ese sol dentro en invierno; disfrutarlo todo el año en el interior. Para ello incorporé un muro con placas semimóviles que controlaran la luz en función de la temperatura exterior y un sistema de aire acondicionado muy sofisticado. Lo importante era mantener la luz natural. Siempre me han gustado los museos en los que la luz natural es un elemento arquitectónico más, porque se crea una atmósfera especial y proporcionan una lectura más interesante de la colección.
XL. Habla de la sofisticada tecnología que esconden sus obras. ¿Hay un límite en su utilización o todo son ventajas?
K.S. Claro que debemos imponer límites al uso de la tecnología. La sociedad parece avanzar sin reflexionar, y se anuncia un futuro electrónico glamouroso. Yo utilizo la tecnología punta, pero sé que hay que controlarla. Hay que saber cuándo liberarse de ella porque, al final, la arquitectura trata de los sentimientos más humanos. La arquitectura que sueña con la integración de la humanidad y el mundo digital no es más que un sueño frágil.